Qoylluriti, Estrella de Nieve.

CUSCO. (Por: Aurora Escárate). La primera semana de junio, en Cusco no se habla de otra cosa que de la fiesta del Corpus Cristi que se celebra 4 de junio. En el restaurante donde trabajo, dos de las personas que nos ayudan en la cocina me dijeron que comprara unas velas y les pusiera nombres para llevarlas al Señor de Qoylluriti. Compré veinte velas y les puse nombre para que Alicia las llevara en su peregrinación.PEREGRINOS 2

Ese mismo día, mi amiga que trabaja en el café que funciona en la misma galería donde está el restaurante,  me dijo. “por qué no te vas tú? Ya que estás en Cusco ve a visitar al Señor de Qoylluriti. Sales a las doce de la noche y llegas en la madrugada, caminas toda la noche y por la tarde ya estás regresando”.

Sus palabras retumbaron en mi cabeza y estremecieron el corazón. Era el llamado del Señor. Lo sé. Despertó mi curiosidad y pensé: “¿Por qué no?, me voy”.
En Piura, donde nací, se escucha poco del Señor de Qoylluriti, pero si sabemos de las peregrinaciones al Señor Cautivo de Ayabaca, Nuestra Señora de las Mercedes, en Paita, La Cruz de Motupe, a donde he ido desde pequeña, en compañía de mis padres.DULCES PARA EL CAMINO

Tras una breve cavilación, me decidí y me alisté para subir el nevado de Qolquepunco, en la Cordillera Oriental de los Andes. (Vilcanota), junto al famoso nevado de Ausangate. Me atrajo mucho la Estrella de Nieve, significado en castellano de la palabra quechua Qoylluriti.

Tengo muchas peticiones que hacerle al Señor y fui por cuatro importantes para mi familia.
Preparé el viaje. En la mochila puse caramelos, alcohol, algodón, chocolates, limones, una botella con agua (que nunca tomé porque estaba helada), un poncho para la lluvia, linterna de mano, muy útil, guantes, chalinas, chullos, frutas y almendras secas.
Me puse dos pantalones y medias gruesas, una cafarena, una chompa y mi casaca con plumas de ganso (excelente regalo de mi prima Adela), y salí de casa rumbo al paradero del coliseo cerrado del IPD, ahí se toman los buses y autos. Cuando llegué solo había autos, una chica ya estaba en el asiento delantero.

La autora de la crónica.

La autora de la crónica.

“Soy Karina Tocre y voy por segunda vez”, me dijo.

– “Ah, soy Aurora, y voy por primera vez”, le contesté.

El pasaje está a 35 soles. Salimos de Cusco a las 11.47 de la noche rumbo al pueblito de Mawayani. Más de 100 kilómetros por la carretera interoceánica, bien asfaltada e iluminada, llegamos a las 3 de la madrugada y emprendimos la peregrinación hacia la Ollada del pueblito de Sinaka’ra, donde se encuentra el Santuario del Señor de Qoylluriti. Unas personas se acercaron y nos ofrecieron unos palos de eucalipto. Compré mi palo que me sirvió de bastón durante el trayecto de ida y regreso, pagué un sol por el bastón.

De noche solo se pueden ver a las personas que caminan delante de ti con linternas en mano, había poca luz de luna y el ruido del río Vilcanota acompaña casi todo el trayecto.

El ascenso empezó a causar estragos en mí, a medida que avanzaba me faltaba el aire y empezaba a respirar por la boca, el frío se apoderaba de mi cuerpo y secó mi garganta. Sentía mucho frío, mareos y náuseas con sensación de vómito. Pensé: “¿Qué hace una piuranita por estos lugares. Dios ayúdame a llegar a la meta”.

En el camino hay once cruces, en cada una de ellas la gente se detiene, reza y enciende una vela. Yo solo recé porque llevé mis cuatro velas para encenderlas en el mismo santuario. Mis piernas empezaron a entumecerse. Son 4 mil metros de altura, la neblina descendía y nos mojaba. Yo caminaba muy lento en cada pendiente, sentía mareos. Recordaba las escaleras para subir a la Cruz de Motupe, pero aquí no las había porque es un camino de herradura. Algunas veces me apoyaba en las laderas del cerro para descansar, transpiraba y me sofocaba cada vez que me venían las ganas de vomitar y me dolía la cabeza.
Las cruces nos dan esperanza de que la meta se acerca. Mis motivos son muy poderosos y no podía desistir. La gente que sube tiene varias motivaciones, unos van por salud, otros por obtener carros, casas, títulos, dinero, contraer matrimonio, etc. En cada campamento hay comerciantes que venden casitas y carros de juguete para que la gente los lleve hasta la cruz mayor y reciba su bendición. Venden dólares, soles y otras monedas extranjeras.
Los Pablitos o Okukos.
También llamados Pablucha (seres mitológicos), son los danzante más representativos e infaltables de la festividad del Milagroso Señor de Qoylluriti. Ellos representan a los llameros (encargados de las llamas), que trabajan en las montañas, cerca de los glaciales. Ellos visten con ropas de colores, algunos llevan máscaras y son los que imponen el orden en todo el camino.
Llegamos a las siete y media de la mañana a la Ollada de Sinaka’ra el pueblo donde se encuentra las roca y el santuario de Señor de Qoylluriti. La cola para adorar era inmensa, de pie avanzamos lentamente por un lapso de tres horas y cuando faltaba poco para llegar sentí desvanecerme.

Karina me acompañó a la carpa de la Cruz Roja. Ahí me dieron a oler alcohol y una pastilla para el vómito y mareos. Esa pastilla me salvó la vida porque ya no quería seguir a ningún lado, no tenía fuerzas para nada. Estuve cerca de media hora en la carpa y al salir mi cola ya estaba cerca para ingresar a la roca, me llamaron y subí con esfuerzo. Yo casi había desistido de subir, pero hice el último esfuerzo. Era una cueva pequeña, de un metro cuadrado y la Imagen del Señor de Qoylluriti se encuentra impregnada en la roca, no se puede tocar porque nos separa una reja de fierro. Fueron unos segundos los que pude contemplar su imagen, me brotaron las lágrimas de emoción, por mi mente pasaron muchas ideas, mis familia, mis sobrinos, mi salud, mis sueños.

Una voz interrumpió; “Hermana ya salga, hay muchos esperando afuera”. Al salir vi  un ánfora para la limosna y sobre de ella unas estampitas. Agarré dos, pero en el camino se mojaron con la lluvia. En la salida hay más rocas y la gente enciende sus velas. Yo encendí las mías y me quedé un rato.

El retorno

Es un camino que parece nunca acabar. Salí a las once de la mañana y llegué al pueblo de Mawayani a las 2 de la tarde. Llegué muy cansada y mojada hasta los tobillos, la granizada y la lluvia no paró en todo el camino, el paisaje de retorno es bellísimo. También te encuentras con los peregrinos que empiezan a subir. Me senté en cualquier roca que encontré, bebí agua y comí algunas frutas, recobré fuerzas y bajé los últimos cien metros con la ayuda de mi bastón de eucalipto.

En el terminal abordé el primer bus que me regresaría a Cusco. 20 soles el pasaje, dijeron, dormí todo el camino, llegamos a las 6 de la tarde.

Soy de esas personas que no le gusta mirar hacia atrás, pero pensé; “El próximo año vendré a verte. Seguro que sí, si tú Señor de Qoylluriti lo permites”.

 

Guido

Comunicador, especialista comunicación estratégica, comunity managaer, fotoperiodista de viajes, autor del libro "Más allá de los destinos".

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